Grandes fotografías

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Siguiendo con la fotografía de nuestra vida, se puede decir que no descubro nada si digo que esas fotos no mostraban bodegones, sino fotos de grupo y de campamentos de verano. Si habíamos utilizado una de esas desechables que se habían puesto de moda, probablemente estaríamos hablando de imágenes más arriesgadas: el viaje de fin de curso. Nada, que tampoco nos convencen como foto histórica de unos servidores.

Pero cuando vamos a comprobar el siguiente volumen, descubrimos que ya no aparecemos nosotros, sino sólo nuestros padres en un viaje a Canarias o en el Camino de Santiago. Además, son álbumes que les hemos regalado los hijos en ese formato que te lo curras por internet y te los imprimen… Y pensamos ¿dónde están todas las fotos nuestras desde los veinte en adelante? ¿Qué han sido de mis últimos diez años? ¡No están registradas nuestras secuencias vitales en formatos niepcecianos! Vuelvo a casa pensando en ello, y es cuando recuerdo que tengo media docena de CDs en un estuche, en un cajón, en una habitación, que están repletos de fotos mías, sacadas por otros, que pueden ayudarme a completar esta investigación.

Los encuentro, pero mi ordenador no los lee. El formato ya está pasado de moda. ¡Bombilla! Abro mi facebook. Lo cierro a los cinco minutos. Vergüenza me dan mis etiquetas. Me voy a sentar en el sofá derrotado. Llaman al móvil de mi mujer, pero ella está en el baño. Voy a ver quién es (no es que sea celoso, es por si la llaman del trabajo). Llego demasiado tarde.

Sin embargo, veo que en su fondo de pantalla aparezco yo de pequeño. Resulta que era una foto que había encontrado en casa de mis padres y que me había hecho un fotógrafo profesional para incluirla en mi pasaporte cuando tenía seis meses. Ella había apuntado con su smartphone y me había metido ahí dentro. Paré de buscar. Esa es la foto de mi vida. La primera.

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