Crítica de El Dictador: ni títere con cabeza

Larry Charles vuelve a sus orígenes y tras la fallida Bruno recupera la risa del espectador.

Si bien es cierto que si eres de los que se ofende con facilidad puede que haya escenas que te dejen horrorizado, por su asquerosidad, morbosidad, vulgaridad, ordinariez o, simplemente, por su realidad. Por ejemplo, supongo que muchos nortearmericanos le habrán sacado punta a ésta escena.

Escena que, si eres de los que no se ofende, tendrás que volver a ver varias veces porque la carcajada que sueltes te impedirá oir todo lo atento que deberías este inteligentisimo y sarcástico monólogo.

Así es el 80 por ciento de la cinta está llena de esterotipos tanto culturales, como raciales, como religiosos, como de cualquier movimiento sociológico que se haya alguna vez gestado en el planeta Tierra. Feminismo, fanatismo religioso, buenismo, cualquier tipo de extremo en un punto más tipificado de lo que nunca imaginarías que pudiera estar.

Sacha Baron Cohen borda su papel, con ese rostro que transmite el humor desde la seriedad. Interpreta a un maléfico y sádico dictador de un país llamado Wadiya, repleto de petróleo y con una monarquía inamovible. Criado en la idea de la soberanía hereditaria más déspota es incapaz de creer que la democracia pueda reinar en ningún lado, menos en el lugar que le enseñó que era el más imperfecto de los sistemas. Un golpe de estado encubierto le hace perderse en Estados Unidos y entonces queda a expensas de una feminista radical que no se depila y que está anquilosada en el movimiento hippy de los años 60 y las ideas que allí comenzaron, sin capacidad alguna para trasladarlas a su modo de vida de los años 2000.

El Dictador es una película de humor. Quien crear que tiene un mensaje moralizante basado en la idea de que los extremos nunca funcionaran se ha quedado en la superficie, o en la falsa idea de que el sarcasmo intenta, en este caso, enseñar algo. Es simplemente la capacidad que tiene el director de Borat de reirse de todo lo que le hace grande y lo que hace que El Dictador sea sencillamente genial, sin pretensión de más, sin la búsqueda de revolucionar. Únicamente cine de entretenimiento que si algo acaso algo enseña es la necesidad de relativizar.

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