Barcos Fantasmas: Mary Celeste

Los océanos ocupan el 70% de la superficie de nuestro planeta. Su inmensidad y los misterios que encierran han atraído desde siempre a aventureros y exploradores, personas a quienes no les asustaban las tormentas en alta mar si al final veían satisfechas sus expectativas; si al final llegaban a su destino, quizá a una nueva tierra con unas alternativas inimaginables, o, simplemente, adonde realizarían la transacción comercial deseada. Sin embargo, no siempre se llegaba. Ni se llega. El ser humano ha encontrado en el mar una vía para explorar nuevos mundos y prosperar, pero también un terreno hostil donde no sólo los elementos meteorológicos pueden jugar malas pasadas. Los barcos fantasmas son testimonio de esas circunstancias que ningún marino espera, ni quiere, en la mar.

El Cabo de Hornos o el de Buena Esperanza han sido rutas marítimas que han supuesto auténticos retos para los marineros. Las adversas condiciones meteorológicas han provocado naufragios, con las consiguientes tragedias humanas, pero también han originado aventuras en islas desiertas y barcos fantasmas a la deriva.

Sin embargo, muchos de los barcos fantasmas más famosos no se quedaron vacíos porque una tormenta o una ola especialmente violenta matara a la tripulación. Entre los barcos fantasmas más célebres están algunos en los que las dudas y el misterio, y no las condiciones meteorológicas, son los protagonistas.

Tal es el caso del Mary Celeste, uno de los clásicos. El Mary Celeste fue un buque de 30 m de eslora y cerca de 300 toneladas de peso que, en un principio, cuando fue construido en 1861 en Nueva Escocia (Canadá), fue llamado Amazon. Desde el principio, el Amazon estuvo rodeado de un aura de mala suerte. Sus dos primeros capitanes murieron ahogados antes del segundo viaje y, tras algunas travesías, acabó varado en tierra.

Sin embargo, el Mary Celeste, bautizado así en 1869 por un nuevo propietario estadounidense que lo había rescatado y reconstruido, empezó una nueva vida. Su nuevo propietario lo había remozado por completo y en 1872 estaba de nuevo preparado para zarpar.

El 5 de noviembre de 1872 se hizo a la mar desde Nueva York. El capitán Benjamin S. Briggs encabezaba una pequeña tripulación de nueve personas, entre ellas una mujer y una niña. La travesía del barco era de carácter privado y, a la vez, comercial. El buque acumulaba en sus bodegas más de 1700 barriles de alcohol para uso industrial. Su destino: Génova, Italia.

Fue el 5 de diciembre, un mes después de que zarpara, cuando desde el Dei Gratia, un barco que realizaba la ruta Nueva York – Gibraltar, se avistó al Mary Celeste próximo a las Azores. Sin embargo, no había nadie a bordo. El capitán del Dei Gratia conocía el Mary Celeste y también al capitán Briggs. Fue él quien se encargó de hacer inspeccionar el barco y comprobar que la tripulación había desaparecido. La comida estaba en su sitio, los camarotes arreglados… No había sido una tormenta lo que había hecho desaparecer a la tripulación del Mary Celeste, ni una violenta ola. Tampoco podía ser una explosión de alguno de los barriles, pues no había restos que así lo indicaran.

Lo cierto es que nunca se supo lo que fue, y aún hoy se sigue ignorando. Quienes inspeccionaron el barco aseguran que faltaba el bote salvavidas, algunos instrumentos de navegación y provisiones. Todo lo demás estaba en absoluto orden, y el diario de navegación no mostraba nada fuera de lo normal. Toda o parte de la tripulación del Mary Celeste, por alguna razón misteriosa, había abandonado el buque precipitadamente, echándose a la mar en un frágil bote. ¿Qué situación les llevó a cometer aquella locura?

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